Conseguí deshacerme de ella cuando borré su cara de mi recuerdo. Además, salí solo del cine, con mucho calor, cerrando el puño y diciéndome que sí, que era posible, no sabía qué, pero sí. Creo que patapalo-patametralleta de Planet Terror me ayudó a borrarla reemplazándola. Y no hay más. Aun conservo unas fotos en una caja cerrada con un candado que se abre con una llave que permanece bajo las aguas del Thames. Y es eso. Dejándola a ella dejo un Londres que me inundaba de melancolía, que me hacía amar llorando. No amar sonriendo que es lo bonito eh, y que es lo que quiero y que es lo que busco a partir de estos días. Pasaré por Bilbao, con pereza por todo, e iré a Madrid a trabajar de lo que es mio.
Posteo un video de Londres rescatado de lacoctelera.com/artworld que resume mis emociones hacia la ciudad que intento olvidar. Voy a escribir sobre Madrid. Contento.
Y era imposible no sonreírnos a pesar de todo, eh.
Tantas veces en tu ausencia te encontré mirando el río. A veces despertaba y estabas acurrucada a mi lado, diciéndome cosas que pensaba que pensabas sobre mí, tardaba en darme cuenta que en realidad te habías ido, pero cuando abría los ojos veía tu figura borrosa bajo tanta manta. Entonces no te fuiste cuando te habías ido en la oscuridad de aquella noche de noviembre, vociferando que no te quería porque te decía que te quería, y que en realidad eso era síntoma de lo contrario por que preferías que te susurrara ‘te deseo’. El sueño que me empuja hacia a bajo y vuelves a aparecerme recortada bajo ese cielo de ceniza que tanto intensifica la punzada. Me sorprendo dentro de mí mismo sonriendo exánime; al final he desistido y le he cogido gusto a verte desde aquí abajo, tan desenfocada pero tan allí, apoyada siempre sobre la barandilla del río siempre bajo el mismo cielo. La posibilidad de verte al menos a través de mis ojos cerrados, mirarnos desde la distancia y sonreírnos a pesar de todo.
Hablaste no sé qué de unas nubes granates, que si las veías pegadas en mi cuerpo y escondidas bajo las sábanas y no sé qué cosas más. Ya sé que yo soy el cabrón y tú eres la poetisa de sensibilidad incandescente, pero cuando estoy fuera de ti, con otra gente es otra cosa, siempre gano en pensamientos abstractos. Contigo soy el que asiente con la cabeza, entendiéndote siempre a medias encadenado a tu cintura. Y claro que había visto Dolls, cuando hablabas de estar unidos por una cuerda, que eso era amor, y no te dabas cuenta que eso lo jode todo, porque date cuenta Stephanie que estamos en la ducha, medio abrazados, tocándonos y todo eso y empiezas a hablar de Kitano, para luego decirme que soy epidérmico. Lula ya me lo advirtió el día que cenamos todos en el All You Can Eat tailandés. Me dijo algo así como que creías ser divina, que veías y sentías más que los demás y que pensabas vivir de tu arte estando quieta. Y sí que irradias algo diferente, que no sabemos qué es, pero desde luego estando quieta no vas a ningún lado. Sentados en los sillones del Nero Cafe en Picadilly Market nos dijiste que sufrías las relaciones, que te incomodaba todo contacto humano y que Nyingchi y una cueva.
Después de los arañazos y sarpullidos intentaba conocerte desde las mantas que olían a armario cerrado; la habitación quedó vagamente iluminada cuando encendiste las luces del baño, y estuve mirando la forma en que te mirabas mirándote en el espejo y cómo en lo que tardé en fumarme un Kent, el baño se había contagiado de vapor. Esos segundos para nosotros, que empezaron con tu gesto invitándome a la ducha, y la voz de Maria Callas y su Vieni, amor mio desde el tocadiscos embriagándome el alma- y el alma embriagándome el pene- y que terminaron, después de mucho silencio, cuando oímos a la vieja estufa quejarse, haciendo ruidos extraños, como si la hubieran despertado de un sueño milenario. Entonces hablaste.
Caminábamos por Great Marlborough St con nuestras bufandas cual sogas, tú con tus converse agujereadas y los calcetines empapados que más tarde escurrí en tu cara riéndome. Yo con el pelo tan aplastado por la lluvia y tan engrasado, y me dijiste que podías ver el cielo reflejado en él. Nos paramos en el escaparate de Grant & Cutler y te fijaste en la cubierta de L’Ombre du vent: la calle en blanco y negro, el padre y el hijo caminando de la mano y la neblina. Tus sensaciones hacia esa foto te impedían abrir el libro, tenías miedo de las palabras tergiversando tus emociones hacia la foto. Sabía de qué hablabas, pero sólo lograba entenderte desde la nuca y en aquel momento quise abrazarte y chuparte la piel, pero te empujé de la cintura y entramos en la tienda.
Recuerdo con detalle aquellas tardes de invierno en la librería, alargando el camino hacia la cama de tu buhardilla, sentados en el suelo leíamos libros. Nunca podré distanciarte de las vivencias de ese antihéroe enamorado llamado Marcos Parra, que sobrevivía en una ciudad desarrapada e inerme dentro del libro que por entonces leía y que nunca compré. Cada cuando venías para darme un beso pero inmediatamente te escurrías y volvías a la sección de Travel guides. Me fijé en la forma que cojías los libros y cómo te impregnabas sólo de sus ilustraciones y fotografías.
(…)
Ahora mi visión se cierra y nos imagino navegando en una balsa como la de Théodore pero solos y casi microscópica en las aguas tibias de mi bidé. Los dos apartados de todo, en una situación limite –tenemos que mantenernos a flote ¿no lo entiendes?- luchando contra la corriente, sólo importa eso y eso nos alimenta aun más, Stephanie. Te oigo decir que es mejor dejarnos arrastrar para poder encallar la balsa justo debajo del chorro, allí descansaremos y podremos besarnos. Creerás que estoy loco pero es solo imaginación.
Me sabías. Llegó un momento un día que me supiste y me lo dijiste mientras masticabas fish & chips del indio manco, sentados en un banco mirando la luz de Tower Bridge. Yo te explicaba mi pensamiento sobre dos Tower Bridge, el de la luz del sol y el que está encendido. Ahora sé que todo te daba igual, que preferías tus viejos vinilos de Nina Simone y Duke Ellington antes que cualquier fricción, que esperabas ansiosa estar tumbada en el sofá de tu buhardilla de Old Street, y derramar lágrimasanhelando sueños que dejabas escapar inmóvil. No digas que no, cuando aún te digo por teléfono, y sobre todo no me cuelgues, no me cuelgues Stephanie, cuando te digo – y lo sé con certeza- que aun esperas con fe ciega llegar al Tate Modern desde dentro, de la manera más fácil ¿Te crees que llorando en el sofá basta para llegar? ¿Por qué pintas lienzos que luego escondes?
He gastado mucha energía en intentar destruir el día que me supiste.
Tu idea absurda de yo como celador de de tu potencial. Te juro que no sé ser ni estar cuando recuerdo aquello que me dijiste de que te cortaba las alas, que impedía tu vuelo, y en seguida me viene a la cabeza el día en que, follándonos por primera vez en el piso en frente del metro de King’s Cross, me susurraste al oído que volabas.
Me diste pena cuando te encontré sola en los cines de Leicester, subiendo las escaleras mecánicas nos miramos y luego tú la miraste a ella y cómo tus ojos y tu rostro no se armonizaban. Suerte que íbamos a películas diferentes, que tú querías ver la de Ang Lee y yo iba a una escogida al azar para esconderme en la última fila. Sé por tu forma de ser que te dio rabia verme acompañado, un poco por celos y otro mucho por no ir solo en
soledad, por no ser como tú. Hubiese ido contigo. Pero tú sólo querías sábanas y un paseo corto y yo algo más.
Nací en Bilbao pero llevo cuatro años malviviendo en Londres, vendiendo algún lienzo y muchos libros usados en el mercadillo de Camden. También consigo un puñado de libras gracias a las fotos que engancho a pequeños medios de comunicación londinenses. Cada cierto tempo me encuentro con mujeres a las que amo un rato. Algún día seré director de cine.